Abriles de una habanera en Pinar


Cada abril ella deja atrás La Habana y regresa a Viñales a festejar su cumpleaños. Y no precisamente porque sea un importante destino turístico, sino porque a este terruño vueltabajero la une una etapa trascendental de su vida.

En 1961, con solo 11 años, Amada Cárdenas Porras, natural del reparto habanero de Versalles, se incorporó a la Campaña de Alfabetización en la provincia de Pinar del Río. Fue ella quien enseñó a leer y a escribir a la familia de Juan Rosales, en la zona de Malas Aguas, en la finca Corralillo, actual Loma de Caña.

“SI VAS A ALFABETIZAR Y TE RAJAS, AQUÍ NO PUEDES VENIR”

“En ese tiempo yo formaba parte del núcleo de la Asociación de Jóvenes Rebeldes de mi secundaria y tenía la responsabilidad de llenarle la planilla a los que tenían disposición para alfabetizar”, rememora Amada.

"Estaba loca por incorporarme, pero hasta que mi papá no me diera autorización, no podía integrar la brigada. Y él, como era del Sindicato Nacional de la Enseñanza, andaba por Sancti Spíritus, porque los alzados de por allá querían que fracasara la campaña.

“Imagínate cómo yo estaría el día que papi regresó, que mi mamá me dijo: ‘Oye, te dio más alegría que te firmara la planilla, que verlo, mi’ja’. Recuerdo que cuando fue a firmar el documento me dijo: ‘Piénsalo bien, porque hijas rajadas aquí no quiero. Si vas a alfabetizar y te rajas, aquí no puedes venir’.

“Había un entusiasmo tan grande, que los padres no medían las consecuencias. Yo tenía 11 años de edad, pero los había hasta de nueve años. Después que mataron a Manuel Ascunce, mi mamá fue a Viñales, imagínate, para ver cómo yo estaba, pero nada de blandenguería, todo lo contrario, me decía: ‘Tú no te rajes, tú no te rajes’. Y todos nos quedamos, con susto, pero nos quedamos.

“Claro, luego me enteré que cuando llegó a casa de mi familia en Cortés hubo que hacerle tilo para que se calmara”.

DE LA CIUDAD DE LA HABANA PARA EL CAMPO DE VIÑALES

Luego que su padre le firmara la planilla para que participara en la Campaña de Alfabetización, junto a otros tantos, Amada recibió preparatoria en Ciudad Libertad y después de ello partió hacia Caguama, en Varadero, donde le enseñaban la cartilla y el manual por el que alfabetizarían.

“Allí se decidía para dónde iríamos. Yo pedí Pinar del Río porque mi familia era de Cortés. Y para Pinar del Río me enviaron, exactamente para el municipio de Viñales”.

Pero Viñales no era entonces el pueblo próspero que es hoy. Cuéntenos su experiencia.

“No me quiero acordar. Aquel pueblo al que llegué no tiene nada que ver con el de ahora. Triste. Muy tranquilo. Muy pocas casas, desolado. No había turismo. Tenía deseos de llorar, pero me acordaba de lo que mi papá me dijo.

“Ese día llamé a mi casa y él me preguntó: ‘¿Tú estás llorando?’ y yo le dije ‘no pipo, lo que pasa es que llegamos a las seis de la mañana y tengo todavía la voz de sueño’. Pero mentiras mías, yo estaba fañosa de llorar.

“Si el pueblo de Viñales era así, imagínense el lugar en el que me tocó alfabetizar. Ese mismo día que llegamos, un yipe nos llevó hasta San Cayetano, seguimos hasta El Duque -eso queda como a 60 kilómetros- y de allí para adentro cerca de cuatro. Y nos iban dejando en diferentes casas con las familias que nos acogerían.

“Me tocó la última. Los vecinos más cercanos quedaban a un kilómetro de distancia. Piso de tierra, techo de guano, cocina de leña, paredes de yagua… Ahí no había más nada.

“Lo que comí fue arroz y frijoles. Al otro día por la mañana, malanga con mantequita de puerco y el señor de la casa decía: ‘Tengo que devolver a mi abrigada -para decirme brigadista- porque no quiere comer, se me va a morir”.

UNA MÁS DE LA FAMILIA

Cuenta que llegó a sentirse parte de aquella familia.

“Como no habían escuelas, las lecciones se daban en la misma casa. Antes del almuerzo eran una o dos horas. Después del almuerzo descansábamos un ratico y volvíamos. Y por la noche a la luz de la chismosa.

“Por las mañanas me levantaba y ayudaba a la muchacha de la casa a barrer el patio, a pelar las malangas y en los demás quehaceres del hogar. Por las noches, Juan, su hija Ida y yo íbamos para la casa del hermano de Juan, que quedaba como a un kilómetro. Allí conversábamos y a eso de las 10 regresábamos”.

Asegura esta mujer ya entrada en años que las experiencias vividas en el seno de aquella familia viñalera devinieron escuela para su vida.

“En una ocasión el señor y su hija se fueron para Santa Lucía a comprar unas telas y me dejaron una billetera llena de dinero. Cuando llegaron se la devolví. Después de aquello, a todo el mundo le hacía el cuento para que vieran lo honrada que era su ‘abrigada’.

“Juan me enseñó a ser valiente. Me acuerdo del día que la yegua venía subiendo la loma y pensaba que eran los alzados y me escondí debajo de la cama y la vez que el perro se estaba rascando y chocó con una lata y para mí ya eran tiros de pistola. Él me regañaba: ‘Amadita, ¿y esa cobardía?’.

“Con ellos aprendí a respetar a todos, sin importar la edad. Yo era una más de la casa, pero a la hora de impartir las clases, me trataban como su profesora. A pesar de superarme en años, nunca me ofendieron y el ambiente siempre fue de respeto.

“También el sentido de responsabilidad. Los brigadistas teníamos que entrar a La Habana el 21 de diciembre porque el desfile era el 22, pero por una incoordinación nos sacaron de Malas Aguas el 14 y nos pusieron en las casas en Viñales. Pero Juan se enteró y fue a buscarme, pues él le había prometido a mis padres cuidarme mientras estuviera allí. Me llevó para Malas Aguas de nuevo y el día 21 bien tempranito me trajo para Viñales.

“Cada casa tenía su alfabetizador. Cada brigadista decía: ‘Voy para mi casa”’, evoca Amada con la dulzura que la caracteriza.

EL CICLÓN, LA LUNA, EL VIEJO JUAN…

En la memoria de Amada perduran momentos que la unen aún más a Pinar del Río, a Viñales, a la familia de Juan Rosales. Como aquellos cangrejos que saciaron su hambre luego de un devastador ciclón o la clase que no pudo concluir o la expresión de Juan cuando le entregaron el certificado de que ya sabía leer y escribir.

“Hubo un ciclón muy grande que lo único de comer que nos dejó fue sal y fuimos Ida y yo a una cañadita y nos encontramos tres cangrejos. Ay, ¡qué alegría! Los asamos, pero Juan no quiso comerlos, por lo que le dije a Ida: ‘Nos salvamos, tenemos cangrejo y medio para cada una’. Y con qué gusto nos los comimos.

“Y ni hablar de la clase sobre el desarrollo del hombre y la posibilidad de ir a la Luna. Aquello fue terrible. Por poco me linchan. ‘Cómo que la luna, qué usted está diciendo. La luna es de Dios. Eso es una falta de respeto. Cómo usted va a decir que el hombre va a ir a la luna’. Bueno, no pude terminar la lección porque al ellos reaccionar así, por respeto me callé.

“Pero sin duda, el momento más emocionante de mi paso por aquel lugar fue ver cómo a ese señor tan fuerte se le aguaron los ojos cuando recibió el documentos que avalaba que ya él sabía leer y escribir. Me dijo algo así como que había descubierto la vida. Y cada vez que se encontraba un pedacito de periódico o de cualquier otro texto se ponía a leerlo con mucho entusiasmo.

“Yo fui muy feliz, sin nada, porque no había radio ni televisión ni ningún tipo de comodidad, pero el valor de aquellas personas era tan grande…”.

“NO ES APASIONAMIENTO, ES QUE EL PINAREÑO ES ESPECIAL”

Al referirse a Pinar del Río no contiene la emoción, sonríe y con cierto nerviosismo y espontaneidad expresa: “¡Yo creo que soy regionalista!

“Empezando que mi mamá era pinareña y estoy yendo a Pinar del Río desde que tenía dos años, específicamente a San Uvaldo, en Cortés, un lugar donde yo era millonaria sin tener un centavo.

“Tengo recuerdos muy bonitos de allá. La playa, la uva caleta, el ostión, montar a caballo, las frutas de la finca de mi abuela, la laguna que estaba rodeada de guayaba, las carcajadas de los muchachos del barrio al verme caer de de las matas de ciruela…”.

Asegura esta amante de la geografía pinareña que “Cuba entera es linda, pero el paisaje de Pinar del Río parece hecho a pincel.

“Mira, yo fui a Topes de Collantes, pero es que las lomas de las otras provincias son toscas, las de Pinar son delicadas. Cuando hice mi escuela al campo y sembré pinos en las Cuchillas de San Simón, en San Juan y Martínez, yo decía: ‘Aquí la gente no saben lo que tienen’. Unos manantiales entre las montañas. Aquellas guayabitas del Pinar. ¡Qué lindo!
“Un día se olvidaron de nosotros, los del preuniversitario, y se llevaron solo a los muchachos de la secundaria. Era una noche de luna llena y allí se veía lo que era Boca de Galafre, Bailén…Estoy casi segura que ningún pintor hubiese podido llevar al óleo aquello tal cual yo lo vi. Aquella luna llena así saliendo por el mar”.

Sentencia: “No es apasionamiento, es que el pinareño es especial. Mira, la afición más fanática al béisbol es la de Pinar del Río. Creo que por ahí me viene la pasión por la pelota. Soy de las que me fajo y todo” y me confiesa una de sus pinareñadas: “Fíjate que tuve un novio de Las Villas y un día su equipo ganó y cuando llegamos a la casa, él me pidió que le hiciera un batido, y puedes creerme que no se lo hice”, y sonríe a carcajadas.

“Mira si son especiales, que en la sala del hospital donde trabajo, los pinareños no dan qué hacer, a diferencia de algunos pacientes de otras provincias. Por eso me molesta tanto cuando oigo a alguien decir que los pinareños son bobos. Yo no me puedo contener y les respondo que ellos lo que no saben es valorar la nobleza y la honradez”.

¡AY AMADITA, AL FIN TE ENCONTRAMOS!

Se entristece mientras cuenta que durante varias décadas perdió el vínculo con la familia de Juan Rosales.

“Recuerdo que siendo ya especialista en Medicina Interna aquí en el hospital Frank País ingresó el jefe de la Empresa Cubatabaco de Viñales, con una fractura de cadera y lo atendí, pero el día que se iba de alta, uno de sus acompañantes le dijo: “Tranquilo Julio, que yo te llevo para San Cayetano”.

- Ay, yo alfabeticé por allá, le dije sorprendida.

- Dónde, me preguntaron.

- En la finca Corralillo.

- ¿A quiénes?

- A Juan Rosales.

- Ezequiel, mira, ella alfabetizó allá en Corralillo, le dijeron a un señor más menos de mi edad que andaba con ellos. Y el hombre me preguntó que a quién había alfabetizado y le contesté que a Juan Rosales. Y se echó a llorar y me dijo: “¡Ay Amadita, al fin te encontramos! Tanto que nosotros te queremos y tú no fuiste nunca más a Viñales. Tienes que volver.

“Eso fue en 1998. Entonces volví y es una tradición que me celebran el cumpleaños cada 30 de abril allá. Y no solo voy en esa fecha, sino también en mis vacaciones de julio y diciembre. Es que a mí, Pinar del Río me hace tan feliz.

“Cuando paso por esa zona de San Juan, donde hay mucho pino, pienso: ‘Caballero, y pensar que algunas de esas maticas las sembré yo. Si oigo Nocturno recuerdo que fue allá en la escuela al campo en las Cuchillas de San Simón que lo escuché por primera vez. Presto atención a los reportes de Pepe Serantes para saber que está sucediendo en Pinar. Y aquí en el hospital siempre estoy con las antenitas paradas, por si algún pinareño me necesita.

“Es algo que no puedo explicar con palabras, no sé, yo voy para Pinar, y cuando veo las primeras lomitas, qué alegría siento. Pero cuando regreso, que me voy alejando siento un pesar, sabes…”.

Por eso, cada 30 de abril, día de su cumpleaños, Amada Cárdenas Porras se regala volver a su Pinar del Río y compartir con aquella familia que la vida le regaló en el campo de Viñales.

Tomado de Guerrillero
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30 de abril de 2019