
Las llamadas “malas palabras” llegaron hasta nuestro lenguaje, no se sabe desde cuándo, lo que sí es obvio es que más que para quedarse, mantienen un vertiginoso ascenso en su uso y engrosamiento de la lista que las componen.
Y no hablo de los casos que constituyen parte de vocablos que no tienen significado en el diccionario español, pero no parecen ser ofensivas a nuestros días.
Algunos de los más cotidianos resultan: ¡Ñooo!, o ¡Caray! Antaño le atribuía mayor complejidad a la palabra y suponían referencia al sexo, hoy en muchas ocasiones refleja estados anímicos, como admiración por algo o pequeñas molestias.
NO, me refiero a otras que a pesar de su ya arraigada moda en el lenguaje popular, dejan mucho que decir de las personas que las pronuncian.
Este tipo de expresiones desagradables se escuchan a todos los niveles, lugares públicos, colas, ómnibus, colectivos de trabajo e inconcebiblemente en centros educacionales.
Muchos atribuyen el lanzamiento de estos improperios que lastiman la sensibilidad de los oídos, al estrés provocado por la rutina diaria.
Sí, es cierto, que he visto a una madre de tres niños angustiada por la falta de esto o de lo otro, las constantes quejas de los pequeños y sus desobediencias, entre otras circunstancias, desembocar en un estallido de injurias, que van desde, “ te daré un puñetazo que te voy a desaparecer”, hasta lo más injusto que se le pueda decir a un niño, para no aludir a la realidad.
¿Se imaginan la escena verdad?, ahora bien, si así ocurre incluso en las casas, donde los adultos no las piensan para soltarlas, ¿qué se espera que ocurra con los niños?, pues que también las vociferan, a viva voz, cada vez que la ocasión lo propicia.
Aun así creo que nada justifica tales actitudes.
Pudiéramos conformarnos pensando que estos vocablos usados de forma indiscriminada y censurable, pudieran ir, poco a poco, transformando sus significados como ocurrió con el “ñoo” y el “caray”, pero pregunto: ¿Y mientras tanto qué?, ¿Qué sensación causan en quienes no lograrían articularlas por decencia?
¿Qué imagen ofrecen de una sociedad donde se practica un lenguaje que a todas luces muestra falta de educación y respeto entre los conciudadanos?
¿Qué sucederá a la vuelta de unos años con nuestra lengua materna, esa que aprendemos con los primeros balbuceos?
Si bien es cierto que la Real Academia Española, recoge muchas de ellas como correctas por su origen en diferentes países, en Cuba se usan con un significado vulgar, haciendo referencia en la mayoría de los casos a sexo u órganos genitales.
Por tanto creo que es necesario reflexionar sobre el tema, que tiene tela por donde cortar, y no hacernos de la vista gorda ante semejante revolución lingüística, que no trae sino el resquebrajamiento moral de nuestra sociedad.
Por: Edilia Martínez La Rosa
Periodista de Radio Minas
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15 de agosto de 2019