
Insomnes centinelas de huracanes y tormentas al sur del occidente cubano; gran ayuda al pronóstico y a la protección de nuestro pueblo», así plasmaba el doctor José Rubiera en el libro de visitantes del radar la Bajada en junio del 2000.
Casi medio siglo ha pasado desde su fundación. En el año 1972, gracias a un proyecto financiado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en Pinar del Río, comenzó a erigirse en el extremo más occidental de Cuba este incansable guardián de eventos meteorológicos y fenómenos atmosféricos en la región.
Con un modelo RC-32B, fabricado por la firma japonesa Mitsubishi Electric Corporation, la estación realizó su primera observación el 16 de agosto de 1973.
Según expertos, estos modelos estaban destinados a formar una «cortina» de radares para el seguimiento de los huracanes en el Caribe. De ahí la importancia que tiene su nueva puesta en marcha luego de una reparación capital.
En aquel entonces era una tecnología avanzada, pero todo se hacía a papel y lápiz. Las trasmisiones se realizaban cada tres horas, algo que en términos meteorológicos resulta ineficiente.
Rememora Gonzalo Linares, quien lleva 29 años en la estación y funge como ingeniero del radar, que en tiempos de huracanes todo se hacía de forma manual y la exactitud de las observaciones era admirable, pues al compararlas con el avión de reconocimiento la diferencia era mínima. Por eso fueron valorados varias ocasiones como uno de los mejores del país.
No fue hasta el 2005 que se automatizó el radar, la adquisición y el procesamiento de la información pasaron a ser digitalizados. Linares añade que después de ese año se empezó a reportar cada 15 minutos y ahora, después de la última remodelación cada 10.
En el 2006 quedó conectado a la red de datos del Insmet y las imágenes comenzaron a estar disponibles para todo el sistema meteorológico nacional.
Para el Instituto de Meteorología, las informaciones radáricas, que se reciben diariamente, son tan importantes como las del satélite, sobre todo en nuestra área geográfica, siempre tan amenazada por los ciclones.
Agrega Gonzalo que solo falta convertirlo en Doppler, pues los radares convencionales no detectan tornados y aunque por la forma de las nubes un operador pudiera predecir la formación de alguno, son fenómenos muy rápidos que con esa tecnología serían fáciles de pronosticar.
A pesar de la nueva reparación de este coloso de 46 años, su antena y su motor siguen siendo los mismos de 1973, pero su colectivo de 12 trabajadores ahora se nutre de juventud. Allí se erige vigilante el radar de La Bajada, y como les dijera Rubiera en el 2000 «la atención escapa a todo superlativo».
Tomado de Guerrillero
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31 de agosto de 2019