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Los millares mundos de Lucrecia


Si se dice que cada persona es un mundo, entonces Lucrecia tiene multiplicidad de ellos. Hay cosas que borran la memoria: la distancia y el tiempo. Pero a ella no le ha fallado ninguna; platicar con Lucrecia Morejón Fabelo es abrir un libro sin hojas, pero con muchos capítulos hermosos.

Su primera página empieza por sus cuatro hijos: Digna, José Ramón, Luisa y Manuel (este último fallecido); cuatro nietos, siete bisnietos y cuatro tataranietos.

En la segunda hoja aparecerá el 23 de noviembre de 1917, como el día en que nació en el Valle Ancón –aunque realmente fue en 1916– , bello paisaje de la serranía norte de la capital pinareña, pero a partir de ahí todos serán párrafos sin ordenamiento, porque el pensamiento es el único archivo que responde de inmediato a cada una de las exigencias y no importa en qué rincón estén.

De niña pasaba las jornadas jugando y cantando, mientras sus padres se dedicaban a las faenas propias del campo, la mamá en la casa y el viejo, aferrado a la tierra para sacar buen tabaco y viandas para llenar los estómagos.

Ahora en el carné de identidad dice que tiene 102 años, pero en verdad es uno más: sucede que antes los inscribían con atraso.

Recuerda que nunca la mandaron a la escuela, porque padecía de asma, pero confiesa que su padre sí puso a estudiar a algunos de sus hermanos, porque para aprenderse las primeras letras había que pagar y no tenía dinero para todos. Ello lo expresa de otra forma: “Éramos pobres y muchos para comer con un solo viejo pa’ trabajar”.

Y como su verbo es floreciente para contar, mejor le cedemos la palabra: “Del ´Ancón´ salimos para el Llano de Manacas, a trabajar en las tierras con Crescencio Díaz, a sembrar tabaco y viandas… y otras cosas. Eso fue en Viñales, después nos fuimos para Minas de Matahambre, ¡no pal’ pueblo, no!; fue más abajo, para La Ceja, y cuando me casé fui para La Pimienta.

“¿Cómo no me voy a acordar? Alabaooo, conocía a los Panchones, a los Pérez, a los Díaz, a Esperanza a Pancha; a los Rubido, y los Chirinos vivían más pa’llá.

“Cuando se comenzó a abrir la mina de fosforita –ya con la Revolución–, (la incidental es del periodista) yo sola tenía 17 vacas y mi familia encaminada.

“¿Trabajar en la calle?, ¡cómo no! Soltera trabajé en casa de los americanos, eran jefes, yo era criada y me trataron bien, me hacían regalos; su apellido era Petreke y su señora Cecilia y el niño Beli… era así”, expresa con los brazos el tamaño como para que lo imagináramos muy pequeño. “Hace mucho tiempo, estaba soltera, tenía 21 años!”.

¿Qué diferencia encuentra usted en la vida de antes y la de ahora?

“¡Alabao, ahora está mejor! Tenemos una casa buena, todo es distinto. Antes la casa era de guano cana y madera, eso sí, con piso de cemento. Nos alumbrábamos con chismosas de luz brillante y muchas veces con una tea porque no había gas.

“El agua de la casa la jalábamos con dos pipas y bueyes. Para cocinar teníamos dos fogones, uno de luz brillante y otro de tierra donde poníamos leña. Ahora cocinamos con electricidad, tenemos refrigerador, agua fría, muy cómoda es la vida de hoy”.

(Aclaración necesaria: Un fogón de tierra era un gran cajón de arcilla compactada, fijado al piso y se le ponía leña).

La proximidad al festejo del pasado 23 de noviembre, su cumpleaños, la llevó al recuerdo de sus dulces caseros, le encendió su chispa: “Hacía de frutabomba, de coco, de toronjas… aquellas grandes que les dicen sidra, casi del tamaño de una pelota; ¡ah! Y los buñuelos, empanadas; matábamos cochinos grandes para el picadillo de las empanadas y le poníamos pasas, esas comidas eran para celebrar el 24 de diciembre. En casa se ponía la mesa por la tarde y se quitaba por la mañana del 25, seguía puesta para el que quisiera comer.

“No, yo no iba a la fiesta del 31 de diciembre, se hacían pero no iba a bailar. Sí, sabía bailar y cantar también. Lo que me sabía eran decimas; sí, sabía muchas. ¿Quieren oírlas? Martínez Campos creía que Cuba iba a ser de España/ y andaba por las montañas con piezas de artillería/, y Maceo le decía si tú te vas para La Habana,/ yo con mi tropa cubana/ hago a Cuba independiente/ a fuerza de plomo caliente y pólvora americana.

“Les voy decir otra de Batista, que es más ocurrente: Batista se figuró que con el golpe de Estado/ tenía el pueblo a su lado,/ pero sí se equivocó./ Aquel que comía arroz/ ya no lo puede comer/ y el que tenga a su mujer que se la mande a la suegra/, porque la cosa esta negra y más negra se ha de poner… pero no me acuerdo de nada más”.

Ahora, en el reparto Lázaro Acosta, su hijo José Ramón la deleita en las tardes al recordar sus historias y con mucho amor, plasmado en arte naif, formaron su árbol genealógico del que, aparte de los identificados, suman centenares de parientes regados por todo el mundo.

Tomado de Guerrillero
www.guerrillero.cu
4 de enero de 2019

 

 

 

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