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Esperanza, entre Minas y Falcón

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El cumplimiento de una misión internacionalista reclamó en enero del 2009 los esfuerzos de  Esperanza Rodríguez Castro, enfermera del área de salud Sumidero, al sur de Minas de Matahambre; como la mayoría de los profesionales cubanos llamados a esta tarea, Esperanza se dispuso a cumplirla.

“Yo me encontraba en ese entonces trabajando como jefa en el hogar materno. Un sábado recibí la notificación de que debía presentarme al día siguiente en Pinar del Río. Aunque estaba en la bolsa y me preparaba para eso, quedé impactada, figúrese, mis padres ya están viejitos, tengo hijos, nietos y esto ya era una realidad.

Toda mi familia se reunió en casa para despedirme.

Mi misión era para Jamaica, pero cuando llegué a la Habana, me dijo el compañero que me atendió que la misión de Jamaica se demoraba un mes y que me necesitaban en Venezuela, yo dije: - bueno pues, para donde sea necesario.

Nunca había montado en un avión, les tengo pánico; ya en la escalerilla, con lágrimas en los ojos dije, ¡Hay Dios mío, lo único que quiero es cumplir mi misión y regresar bien y encontrarme vivos a mis viejitos  y a todos los míos!

Un viaje de tres horas de la Habana a Caracas, salimos de madrugada, dormí algo, cuando amaneció volábamos alto. Yo iba en una ventanilla.

Mientras bajábamos, ya en Caracas, miro hacia abajo, le dije a la compañera que viajaba a mi lado: -¡Mira, mira, esas casitas! ¡Era tan lindo! La falda de una colina (que me recordaba a los mogotes de Sumidero) con muchas casitas desde abajo hasta arriba, desde la altura parecían cajitas de fósforo.

Llegamos a Caracas, nos hicieron un recibimiento muy emocionante y todo estuvo bien hasta la hora en que nos separaron para ir al estado en que cada uno iba a trabajar, me entristecí un poco, me designaron para Falcón, 16 horas de viaje por carretera.

Yo fui como instrumentista de salón para la Misión Milagro.  Operábamos 70 pacientes diarios, de catarata y otras afectaciones de la vista. Soportábamos en el salón una temperatura de 13 grados, cosa a la que no estamos acostumbrados los cubanos, porque nosotros gozamos de un clima tropical donde hay calor casi todo el año.

No daba tiempo a pensar prácticamente en nada, me acostaba agotada pero al otro día ya estaba lista para la nueva faena.

Tuve experiencias muy gratificantes en el trabajo que realicé, porque las personas cuando se operaban y se les quitaba el parche, al otro día, se ponían muy contentas.

Ellos nos decían cuando les quitábamos la catarata: - Doctora, (porque nos decía a todos: doctor aunque fuéramos enfermeras o técnicos), ya veo una luz. -Nosotros les decíamos: Y mañana cuando se le quite el parche va a ver mejor.

Nos daban las gracias y querían besarnos las manos con mucha emoción. Era muy emocionante para nosotros poder darle aquella alegría.

Lo que más me impactó en ese lugar fue una experiencia que nada tuvo que ver con la labor que realizaba. Una mañana mientras esperaba que llegara el primer paciente para comenzar a trabajar, llegó al centro oftalmológico un joven casi a rastras, con los ojos enrojecidos pidiendo de favor que lo ayudaran, que se moría, estaba drogado.

Aquello me impactó  mucho, yo trabajé 30 años en un cuerpo de guardia de emergencia en Sumidero y nunca recibí a nadie drogado, mi hijo es joven sale a la calle pero nunca llega a casa drogado. No había visto tal cosa en mi vida.

Allí no teníamos los recursos para atenderlo, pero al lado estaba un hospital venezolano. Fui corriendo hacia ese hospital (la directora estaba en contra del gobierno, de Chávez en ese momento).

Le dije a la “seño” que me atendió: - Por favor, atiendan a ese muchacho que se va a morir.
Ella me preguntó: ¿Usted es cubana? – le contesté: ¡Ciento por ciento cubana! y nosotros nos caracterizamos por eso, por ayudar; brindamos servicios de salud gratuitos sin importar quien sea la persona que los necesita.

Enseguida lo atendieron y entonces le dije al muchacho: - Ya estás en buenas manos, no te mueres.

El contestó: - Muchas gracias, yo sé que ustedes son cubanos.

Así transcurrieron dos años. Yo lloraba muchas veces por la lejanía de mi familia, extrañaba, aunque hablaba con ellos por teléfono y nos comunicábamos por correo electrónico también.

Terminé mi misión en el mismo Estado y regresé a mi pueblo junto con los míos. Gracias a Dios los encontré a todos bien".

Esperanza cumplió honrosamente su misión y diversas responsabilidades políticas y administrativas durante este periodo, hoy continúa su desempeño como enfermera en el área de salud de Sumidero.

Por: Edilia Martínez La Rosa
Periodista de Radio Minas
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9 de febrero de 2017

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