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El poderoso violín de Chala


Seguí de cerca cada entrega de La banda gigante, el concurso patrocinado recientemente por RTV comercial y en el cual un amigo de mi infancia, Pablo Daniel Chala, se batió violín en mano por un puesto en la gala final. Lo logró. Consiguió incluso, ser uno de los instrumentistas ganadores del programa.

En su barrio en Pinar del Río lo recibieron con alborozo, gente conocida y otros a los que el músico probablemente no había visto en la vida. Muchos besos y abrazos repartió ese día con su humildad característica.

“Sabes que soy cohibido para estas cosas”, me confesó hace un par de días mientras desandábamos los pasillos de la escuela provincial de arte Pedro Raúl Sánchez en busca de un local para esta entrevista. Los niños se quedaban mirándolo a nuestro paso y hubo quien se acercó a felicitar al profe además.

–La escuela se ha puesto chiquita, le dije en broma.

–Es que nosotros hemos crecido, señaló él.

Década y media atrás, los dos estudiábamos violín en ese mismo sitio. Chala era delgadito, incluso, más que ahora y muy travieso.

Conversando por Facebook con Amalia, una amiga que tenemos en común, refresqué detalles de aquella época, de aquel niño. Así lo recuerda ella:

“Lo más notable de Chalita era su talento. Le gustaba mucho tener amigos y con tal de que los demás rieran, a veces simulaba como que chocaba de frente contra una pared; pero nunca le hizo falta esto último, porque al final siempre fue muy querido”.

¡Y cómo le preocupaba sacar buenas notas!, quedar bien ante los ojos de su padre Daniel Raúl Chala, músico también y profesor de percusión en el mismo centro donde estudiábamos.

“Fue una etapa muy bonita. Teníamos un piquete de amigos tremendo. Te acuerdas Susa, cómo nos escondíamos del profe Abdel con tal de escapar a una que otra clase. También nos gustaba picar almendras en el traspatio, meternos a explorar el sótano o tirarnos los zapatos al ritmo de aquella cancioncilla que decía algo como: ‘Paco, Paco, no te quites los zapatos…’”, comenzó a entonar mi entrevistado.

“Qué la luna está mojada y puede caerte encima...”, me le uní.

“Era algo así”, dijo risueño.

Chala, cuéntame qué te gusta más del instrumento que elegiste.

“El sonido del violín es tan dulce que enamora. Es delicado y a la vez poderoso. Te lleva a muchos lugares”.

¿Cuánto reportó a tu vida el haber estudiado en la EVA?

“Fue un aprendizaje total. El rigor de estudiar un instrumento tan complejo mientras los demás niños jugaban en la calle o el tener que levantarme de madrugada a coger guaguas para estar a tiempo en Montequín, eso moldeó de cierta forma mi carácter e hizo de mí una persona más fuerte”.

¿Cómo llegas al concurso La banda gigante?

“Mi esposa Sheilan vio la convocatoria por la televisión y me avisó. Al principio dudé en presentarme porque tenía una carga de trabajo enorme en Viñales, llegaba todos los días de noche a la casa; pero luego me decidí a participar.

“Recuerdo que había una cola grandísima de músicos en la puerta del teatro donde se hicieron las audiciones, eran cientos de ellos, pero bueno, pasé.

“Fueron seis meses de trabajo fuerte. Yo era el único pinareño, así que podrás imaginarte el ‘chucho’. Hice muy buenos amigos y tuve el privilegio de observar clases magistrales de primera. Agradezco la asesoría y las lecciones del violinista William Roblejo, que me apadrinó durante toda la competencia”.

¿Qué se sintió al tocar frente a jueces de tanto prestigio?

“Me estaba muriendo. Cuando el aire acondicionado empezaba a andar no sabía dónde meterme. Aquel escenario estaba violento con todas esas luces. Imagínate, nunca había visto algo igual”.

¿Cómo hacías para concentrarte antes de tus presentaciones?

“Susa, no te sé decir. Respirar hondo. A medida que el tema progresaba me iba metiendo dentro de mi música y olvidaba el resto. Te confieso que ansiaba mucho regresar a mi rutina, a mis alumnos, a mi familia, a mi esposa”.

A Sheilan la conoces desde niño. Me acuerdo que te gustó desde que la viste por primera vez.

“Ella era quien estaba enamorada de mí, muchacha… No, es broma, yo la quise siempre”.

¿Y cuándo se hicieron novios?

“Eso fue años, después cuando nos encontramos en la ENA. Sheilan es una mujer sorprendente, una oboísta talentosa. Me ha apoyado mucho en mi carrera. Yo vivo orgulloso de nuestra relación”.

¿Y qué tal eres como maestro?

“Me gusta exigirle a los muchachos y disfruto de los éxitos que cosechan como si fueran míos. Mira, ese de ahí fue mi alumno”, dijo señalando a Iban David, un joven entusiasta que escuchaba atento nuestra conversación y no dudó en acercarse.

“El profe me enseñó todo lo que sé y gracias a eso ahora yo puedo enseñar a otros también, porque soy maestro aquí, ve. De sus clases puedo decirte que eran extensas.

Empezábamos tocando escalas y no acabábamos hasta dos horas después. Ah, y muy importante, la nota o puntuación tenía que ponérselas uno mismo. Esa era la técnica suya básicamente. Todo el mundo aquí está feliz por el premio que le dieron. Creo que nadie lo merecía más que él”, opinó Iban.

Muchas puertas se abren ahora para Pablo Chala, entre ellas, un contrato con RTV comercial por un año, así como la oportunidad de integrar el catálogo del Centro Nacional de Música Popular.

“Estoy ansioso de conocer las sorpresas que me aguardan”, comentó. Finalmente me acompañó en un recorrido por mi otrora centro de estudios a saludar a profesores y a viejos empleados que han echado su vida en esta escuela y la han amado tanto que les cuesta desprenderse.

Viendo a mi amigo desenvolverse, platicar con tanta madurez caí en la cuenta de lo veloz que pasa el tiempo, de lo valioso que fue sin dudas el periodo de mi infancia, en el cual conocí a personas entrañables como este virtuoso violinista de La banda gigante.

Tomado de Guerrillero
www.guerrillero.cu
2 de marzo de 2019

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